"Entre visillos", de Carmen Martín Gaite
Título: Entre visillos
Autora: Carmen Martín Gaite
Editorial: Círculo de Lectores
Año de publicación: 1984 (orig. 1958)
PÁG. 16 (lágrimas en la mano)
"—Los noviazgos por carta son una lata. Ya ves lo que me pasó a mí con Antonio. Dos años, y total para dejarlo.
Julia se puso a morderse un padrastro con los ojos bajos. Se le empezaron a caer lágrimas en la mano".
PÁG. 32 (Marina Vlady)
"La chica de Madrid era rubia y llevaba el pelo muy corto con flequillo a lo Marina Vlady. Decía que era más cómodo así para nadar. Hablaba de yates y de pesca submarina, de skis acuáticos".
PÁG. 54 (Manolo Torre, el mueble bizantino)
"—Anda, si ahí está Manolo Torre.
—¿Quién?
—Nada, Manolo Torre, un chico que le gusta a Goyita.
—¿Cuál es?
—Ese de oscuro de la primera mesa. No mires tan descarado.
—¿Ese que mira ahora? Oye, qué mueble bizantino; está un rato bien el tío. ¿Y le conoces? Te dice no sé qué".
PÁG. 64 (la borrachera de Rosa con Pablo Klein de testigo)
"—No me pongo mejor, oye, qué mal ahora, qué dolor de cabeza, tengo una náusea... no vamos a poder salir.
—No te preocupes de eso, no hables, a ver si se te pasa.
Me levanté y le quité con cuidado los zapatos, luego quité las cosas de encima de la cama y la tapé con la colcha, le puse sobre la frente un pañuelo mojado en agua fría. Ella se dejaba hacer sin abrir los ojos.
—Qué bueno eres, qué bueno, no hay nadie como tú; tú no te aprovechas de verme borracha.
Lloraba silenciosamente con los ojos cerrados y las lágrimas le formaban regueros por el maquillaje.
—No hables, no te muevas; tranquila.
—Por Dios, cuando te vayas que no te vean salir. Haz poco ruido, no sabes cómo son, que no te sienta nadie, tú de puntillas.
—No me oirán, no llores, anda, ¿te apago?
Todavía estuvo diciendo cosas durante algún rato, cada vez más incoherentes, hasta que se durmió y yo me fui a mi cuarto".
PÁG. 67 (Marcelino pan y vino, cine no apto para menores)
"—No vuelvas mucho al cine, hija. Hace siempre algún mal.
—Voy esta tarde; pero es dos erre. «Marcelino pan y vino», una de un milagro.
Mientras escuchaba la penitencia, miró la hoja de reojo. Luego bajó la cabeza para recibir la absolución.
—Vete con Dios, hija. Tranquila".
PÁG. 113 (las reflexiones de Emilio con Pablo Klein)
"—No te extrañe, yo soy ciclotímico. Tan pronto estoy en lo alto como en lo bajo. Lo malo, cuando estoy tan animado como ahora es que no escribo una línea".
PÁG. 150 (el proyecto de vida de la mujer de bien en los años cincuenta)
"Se veían del brazo de un chico maduro, pero juvenil, respetable pero deportista, yendo a los estrenos de teatros y a los conciertos del Palacio de la Música, con abrigo de astracán legítimo; sombrerito pequeño. Teniendo un círculo; seguras y rodeadas de consideración. Masaje en los pechos después de cada nuevo hijo. Dietas para adelgazar sin dejar de comer. Y el marido con Citroën".

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